Mis encuentros con la nieve.

Publicado por eloccidente En enero - 31 - 2012

Domingo Ramos A.

Había visto las fotos de esa distinguida “Dama de Blanco”, en revistas y tarjetas de navidad, pero la conocí personalmente en 1977, en un pueblito, cercano al paraíso francés llamado Grenoble: historia y fantasía, reunidas por el pincel celestial… Finalizaban, con los últimos soles de setiembre, las primeras vacaciones de un estudiante pobre en Italia, el cual, arrastrado por el incontenible deseo de conocer más de cerca las culturas milenarias del Viejo Mundo, había recorrido ya, mochila a espalda y a punta de “aventones”, España, Portugal, Inglaterra, Escocia y Francia, en donde la campiña, colmada de uvas y peras, empezaba a sonrojarse con los primeros susurros del otoño: Guerrero Medieval de fina espada y rojiza cabellera…

Aquel atardecer de rosa y oro, sorprendió a la cansada golondrina, bajo el alero de una vieja cabaña, mordida entre los riscos de una empinada montaña que, con sutileza aguileña, se inclinaba sobre un pueblito pequeño, sembrado a orillas de un cristalino arroyo, con sus casitas blancas y sus ventanitas oscuras… A lo lejos, coronado por la aureola dorada del ocaso, aparecía colosal el Mont Blanc, cuyas añosas barbas se extendían hasta mi…

En cuanto despuntó el alba del día siguiente subí vereda arriba, detrás de las ágiles cabras que, con sus campanillas de bronce y cobre al cuello, alborozaban cada recodo del sendero, capturando a su paso, las últimas moras silvestres… Ya en la cima, un grito brotó de mi garganta; ahí estaba la majestuosa “Dama”, con su vestido de novia, de encajes azules y ribetes rosa, reclinada sobre su propia ternura de espuma y azúcar… Arrodillado, agradecí a Dios el sentirme parte de aquel instante… Ebrio de gozo, rodé, comí, me hundí en la nieve.

Las siguientes vacaciones recorrí los restantes países europeos, conociendo y visitando los principales museos y galerías de Arte Moderno. Asistí así, al mejor seminario que sobre la historia del arte conocí jamás. Cuando por el largo andar, hasta la lengua pesaba, era la hora de volver… Amores y nostalgias trenzadas con esperanzas y sueños, iban quedando a mi paso. Miré otras nieves; cuyas voces me dieron esperanza, ya en Noruega, Suiza, Italia y en la tierra del Danubio Azul, Strauss, Mozart y Liszt.

Y los años pasaron; me reencontré con esta Dama, en Québec: (Canadá) “Capital de la Nieve”, en donde participé con Edgar y Franklin Zúñiga, en cuatro concursos internacionales de Escultura en Nieve, 1990-1991. Cuando nos invitaron me parecía irreal trabajar un material tan efímero y desconocido; había que ir. Por primera vez la Organización de Québec invitaba a un equipo centroamericano, era un reto demasiado grande para despreciarlo y sin ningún apoyo estatal nos fuimos al norte.

A Canadá llegamos tan desnudos como vinimos al mundo: sin ropas ni zapatos adecuados, sin herramientas, sin conocer la rudeza de un material tan sutil. Nos tocó el bloque número cuatro, entre Francia y Brasil. Estos bloques se preparan en cajas de madera, (6 x3x3.5 mts) las cuales se llenan de nieve y se compacta. Iniciamos acorazados con gruesos y pesados uniformes del ejército militar canadiense, una escalera, unas palas y unos machetes como herramientas. El proyecto era “El hombre y el medio ambiente”: la necesidad de compartir y velar por un mundo que es de todos y que estamos destruyendo irremisiblemente.

Conocedores de la “talla directa” y el esculpido en materiales duros, el peor enemigo era la temperatura (menos 20 grados centígrados). Pero rápidamente la colosal figura fue brotando del bloque, mostrando el proceso evolutivo del hombre en la historia… Los planos lisos, líneas fluidas, volúmenes y espacios bien armonizados asombraron al público y al jurado; obtuvimos la Medalla de Oro del primer lugar. ¡Qué hermosa experiencia vivida a plenitud!

La última noche en Québec, contemplé la quietud de aquel manto mágico que cubría calles, plazas y techos, sobre el cual, los pies de los niños habían dejado su mensaje de esperanza.¡Qué contraste, en Irak se destruía la vida! Era momento de reflexionar y, muchos años más tarde, como al coronel Aureliano Buendía, también yo recordé el día en que conocí la nieve. (dichosamente yo no estaba ante un pelotón de fusilamiento). Recordé que Miguel Ángel realizó una obra de nieve y lo entendí, aunque siempre pensé que yo jamás lo haría. Dichosamente el tiempo me demostraba cuán agradable era el agua que había jurado no beber nunca. Ahora podía comprender mejor la vida del pueblo “inuit” (esquimal), las leyendas de los vikingos o el porqué aquella “Dama de Blanco” había derrotado al poderoso ejército del Emperador Napoleón.

Mientras pensaba, un suspiro voló desde mi pecho: búho asustado escapando de un viejo campanario… La vida era como una obra tallada con las manos, en el efímero bloque de la existencia, para buscar nuestra verdad. Pronto vendría la primavera, colgando rosa y zafiro donde el diente otoñal mordiera la última hoja que se llevó el viento de prado en prado. Su aliento perfumado, como hada madrina, iría despertando la vida aletargada en aquellos árboles adustos, en cuyo silencio imperturbable tejían con amor los arco iris de pétalos multicolores con que la primavera engalanaría sus carruajes: preludios de amor y vida. Vendría el sol y sus doradas saetas derretirían aquella nieve. La “Dama de Blanco” se iría con nuestro mensaje de paz y amor… El cálido verano convertiría la nieve en agua y parte de ella se elevaría al cielo sobre los vientos, como plegaria de madre, buscando la eternidad. Un nuevo otoño las incubaría en las alturas y un nuevo invierno las esparciría sobre la tierra en forma de nieve blanca… Sí, así se irá la vida cuando la muerte nos despierte para florecer en la las alturas cósmicas. Hasta que otro invierno nos regrese purificados.

Un año después, como aves migratorias, acudimos a los certámenes de escultura en nieve. El éxito de nuestra primera experiencia, aún cuando no había sido valorado ni comprendido en nuestro país, nos motivó para tres certámenes seguidos en un mes. Con herramientas caseras, pero eficaces, nos enfrentamos al primer reto en Montreal donde el viento hacía descender la temperatura a menos 30 grados. Éramos cinco equipos solamente y con la obra “La pareja ante el futuro”: un hombre y una mujer tejiendo unidos el florecer de las nuevas generaciones humanas, logramos la Medalla de Oro del primer lugar… De Montreal pasamos a Milwaukee, Wisc, USA, en donde la temperatura amenazaba con derretirnos el bloque antes de terminarlo de esculpir… Realizamos una escultura llamada “El hombre ante el futuro” y con ella logramos obtener el Segundo Premio, Plata, entre los 18 equipos participantes.

Veinte equipos competimos en Québec, arena ya conocida para nosotros. Realizamos una obra: “La incomunicación”, que nos deparó el Tercer Premio. Eran tres figuras unidas que miraban hacia lugares diferentes, recordando que, a pesar de la moderna tecnología que nos comunica con todo el mundo, cada día es mayor la incomunicación que existe entre los seres humanos.

Motivos no faltaban para celebrar y estar felices; éramos el primer equipo en la historia de los certámenes de escultura en nieve que, sin tener nieve, había logrado cuatro premio consecutivos. Habíamos logrado abrir un nuevo horizonte al arte costarricense y “conformar” un “verdadero equipo”, dejando de lado (hasta entonces) la envidia y los celos que corroen y matan cualquier proyecto en nuestro país… Era positivo comprobar lo que se puede hacer unidos en vez de destrozarnos a dentelladas… Pero muchos corazones estaban tristes por la partida y muerte de Gabrielle, una joven Suiza, quien el año anterior nos acompañó cariñosa, alentándonos con una sonrisa y un irrefutable café caliente.

Aunque hubo invitaciones de Italia y Rusia, ya no volví con mi “Dama de Blanco”. El sendero estaba marcado; el éxito y las cosas de esta vida son fugaces, los horizontes cambian… Pero donde quiera que una mano tibia esculpa nieve, habrá un mensaje de paz y amor, de quienes creemos que vivir mucho más que un negocio; es la oportunidad de forjar un mundo libre y cada día mejor.

Amigos: durante estos fríos días de diciembre y enero, saboreando un tamal y un café negro, decidí compartirles esta vivencia para decirles que somos bendecidos con nuestro clima y este terruño de palmas, cacao, tortillas y gallo pinto. Y que jamás debemos dejar que lleguen al corazón las nieves del olvido, la soledad o la tristeza… ¡Feliz año!

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