Domingo Ramos A.
Pocas cosas eran tan gratas en nuestra niñez, como encontrar un nido. Uno subía hasta el paredón o la rama del árbol, arriesgando caerse y romperse los huesos, con tal de alcanzar a ver los huevecillos llenos de pecas, donde se desenvolvía el sorprendente milagro de la vida. Ese hallazgo cambiaba todo, porque aquel nido pasaba a ser parte de uno; lo sentíamos como si fuera propio, del mismo modo que el principito sentía suya a su amiga la zorra… Y allá íbamos todos los días pese a las airadas protestas de sus padres que algunas veces amenazaban con sacarnos los ojos con sus afilados picos… ¡Ah, si todos los padres defendiéramos y quisiéramos los hijos con el esmero y dedicación que lo hacen los pájaros!
De igual manera uno se sentía responsable de ver la nidada llegar a buen destino: nacer, crecer, emplumar y volar. Por ello uno la emprendía contra el gato atisbador que, al pie del árbol, se sentaba a lamerse los bigotes, como ricachón de turno saboreando el fruto de sus avaricias… Uno a uno nacían los polluelos y uno a uno se iban… ¡Qué triste era encontrar un día el nido vacío! Pero ¡qué doloroso era encontrar las plumitas de alguno de los pichones y saber que había sido devorado por algún animal o ave depredadora de las que nunca faltan en la vida! ¡Qué duro era encontrar alguno muerto a la vera del camino, sabiendo que jamás surcaría el cielo con sus cerradas alas!
Como a los pajarillos, a los padres nos toca alimentar a los hijos y apoyarlos en todo, para que un día abandonen su nido en pos de la felicidad del corazón. Hace poco tuve esa experiencia; se me casó la primera de las tres “poesías” que por hijas me brindó Dios- como dijo el novio de una. Y entendí, después de tantos años, por qué cuando los hijos se casan, según está escrito, para irse con otra persona que no era nada suyo, los padres no pueden evitar alguna lagrimilla que brota desde el alma. En el trayecto de la puerta de la iglesia al altar, se vienen a la memoria tantos recuerdos y vivencias, desde el embarazo hasta que se tuvieron entre los brazos por vez primera. Desde que se escuchó su corazón aún en el vientre, hasta cuando empezó a pronunciar sus primeras palabras, cuando dio sus primeros pasos y le salió el primer diente… Cosas que parecían haberse olvidado regresan atropelladamente por el recuerdo que fluye como cabeza de agua… Cuando fueron al kinder, cuando pasaron a la escuela y después entraron a la universidad para salir graduados y convertidos en profesionales.
Los hijos se casan como lo hicimos sus padres, para unirse a otro ser que no era nada de uno y de pronto lo es todo: cielo, aire, canto, poesía… Formar otro núcleo y continuar el proceso evolutivo de la vida y de crecimiento personal. Hacen lo que aquellos pajarillos del nido: volar, surcar nuevos cielos y que dicha que lo hacen en alas del amor: el más arrollador, hermoso y puro de los sentimientos…
Pero aunque todos saludan y felicitan, en esos momentos el corazón y el alma se confunden como quebrada después de un aguacero. Es un sentimiento extraño, de alegría y tristeza, de nostalgia y desarraigo. De pronto aquel ser que se llevó de la mano, que compartió con uno, que se sentó a la mesa a departir los alimentos, se hace grande y abre sus alas al amor y a la vida. Un vuelo en el que hay que dejarlos libres como lo hicimos un día nosotros…
Las obras de arte, los hijos y la poesía no son nuestros, pues como dice Kalil Gibrán, los padres somos el arco por los que se disparan los hijos como flechas vivientes, hacia la vida . “ Vuestros hijos no son hijos vuestros. Son los hijos y las hijas de la vida, deseosa de sí misma. Vienen a través vuestro, pero no vienen de vosotros. Y, aunque están con vosotros, no os pertenecen. Podéis darles vuestro amor, pero no vuestros pensamientos. Podéis albergar sus cuerpos, pero no sus almas. Porque sus almas habitan en la casa del mañana que vosotros no podéis visitar, ni siquiera en sueños” (16- 17, El Profeta)
Para eso se preparan los hijos y se les dan valores y principios, para que tomen su antorcha y corran hacia su propio pebetero, en busca del laurel de su verdad. Para eso se les mostró el cielo y se les señaló el sol, para que busquen su luz y la de Dios. Porque en los hijos seguirá viva nuestra sangre y nuestras verdades, pues el espíritu renace en ellos. Los padres no debemos preocuparnos tanto por dejarles herencias materiales, sino lazos espirituales para que se desarrollen sanamente en la sociedad. Los buenos padres no son aquellos que sacian todos los apetitos de sus hijos, sino los que los hacen razonar y los enseñan a discernir. Son aquellos que se pulen en educar y guiar a sus pequeños para que sean felices y honestos, solidarios y humanos. Porque es deber heredarle hijos nobles a la vida, para que atraviesen por ella sin amarguras ni rencores, de modo que sus flores sean puras y vivas como los azahares del monte.
Cuando los hijos se casan -dice Gibrán- nacen juntos para siempre y juntos van a estar cuando la muerte esparza sus días. “Sí, estaréis juntos aun en la memoria silenciosa de Dios. Pero dejad que haya espacios en vuestra cercanía. Dejad que los vientos del cielo dancen entre vosotros. Amaos el uno al otro, pero no hagáis el amor una atadura. Llenaos uno al otro vuestras copas, pero no bebáis de una sola copa. Daos el uno al otro vuestro pan, pero no comáis del mismo trozo- Gibrán, el Profeta, pag, 15-6).
Así es que aunque el nido se sienta vacío, aunque nos sobre un puesto a la mesa y siempre el oído espere las buenas noches antes de dormirse, quienes hemos tenido la suerte de casar hijos con personas honestas, debemos sentirnos dichosos y felices. No pocos nidos se deshacen cuando hay drogas en el hogar, cuando los hijos se han prostituido, cuando hay infidelidades y separaciones. Cuando se cae en desgracia, bajo una enfermedad o en la jaula de una prisión. El buen hijo que se casa, busca casa, pero permanece unido a su nido paterno. Crear hijos sanos física y espiritualmente hoy día, cuando todo parece no tener secretos, ni fronteras, ni tabúes, es tarea seria. El buen padre encomienda sus hijos a Dios, pero no cierra nunca las puertas de su corazón. Mucho ayuda la fe en Dios y la oración sincera, pero sobre todo, el predicar con el ejemplo. Nada detiene a dos enamorados y cuando ellos vuelan, hay que verlos partir con la esperanza de una vida mejor para ellos, pues en su corazón harán nido las abejas del amor…
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