Archivo para la Categoría ‘A Golpe de Cincel’

CUANDO LOS HIJOS VUELAN

Publicado por eloccidente En diciembre - 15 - 2011

Domingo Ramos A.

Pocas cosas eran tan gratas en nuestra niñez, como encontrar un nido. Uno subía hasta el paredón o la rama del árbol, arriesgando caerse y romperse los huesos, con tal de alcanzar a ver los huevecillos llenos de pecas, donde se desenvolvía el sorprendente milagro de la vida. Ese hallazgo cambiaba todo, porque aquel nido pasaba a ser parte de uno; lo sentíamos como si fuera propio, del mismo modo que el principito sentía suya a su amiga la zorra… Y allá íbamos todos los días pese a las airadas protestas de sus padres que algunas veces amenazaban con sacarnos los ojos con sus afilados picos… ¡Ah, si todos los padres defendiéramos y quisiéramos los hijos con el esmero y dedicación que lo hacen los pájaros!

De igual manera uno se sentía responsable de ver la nidada llegar a buen destino: nacer, crecer, emplumar y volar. Por ello uno la emprendía contra el gato atisbador que, al pie del árbol, se sentaba a lamerse los bigotes, como ricachón de turno saboreando el fruto de sus avaricias… Uno a uno nacían los polluelos y uno a uno se iban… ¡Qué triste era encontrar un día el nido vacío! Pero ¡qué doloroso era encontrar las plumitas de alguno de los pichones y saber que había sido devorado por algún animal o ave depredadora de las que nunca faltan en la vida! ¡Qué duro era encontrar alguno muerto a la vera del camino, sabiendo que jamás surcaría el cielo con sus cerradas alas!

Como a los pajarillos, a los padres nos toca alimentar a los hijos y apoyarlos en todo, para que un día abandonen su nido en pos de la felicidad del corazón. Hace poco tuve esa experiencia; se me casó la primera de las tres “poesías” que por hijas me brindó Dios- como dijo el novio de una. Y entendí, después de tantos años, por qué cuando los hijos se casan, según está escrito, para irse con otra persona que no era nada suyo, los padres no pueden evitar alguna lagrimilla que brota desde el alma. En el trayecto de la puerta de la iglesia al altar, se vienen a la memoria tantos recuerdos y vivencias, desde el embarazo hasta que se tuvieron entre los brazos por vez primera. Desde que se escuchó su corazón aún en el vientre, hasta cuando empezó a pronunciar sus primeras palabras, cuando dio sus primeros pasos y le salió el primer diente… Cosas que parecían haberse olvidado regresan atropelladamente por el recuerdo que fluye como cabeza de agua… Cuando fueron al kinder, cuando pasaron a la escuela y después entraron a la universidad para salir graduados y convertidos en profesionales.

Los hijos se casan como lo hicimos sus padres, para unirse a otro ser que no era nada de uno y de pronto lo es todo: cielo, aire, canto, poesía… Formar otro núcleo y continuar el proceso evolutivo de la vida y de crecimiento personal. Hacen lo que aquellos pajarillos del nido: volar, surcar nuevos cielos y que dicha que lo hacen en alas del amor: el más arrollador, hermoso y puro de los sentimientos…

Pero aunque todos saludan y felicitan, en esos momentos el corazón y el alma se confunden como quebrada después de un aguacero. Es un sentimiento extraño, de alegría y tristeza, de nostalgia y desarraigo. De pronto aquel ser que se llevó de la mano, que compartió con uno, que se sentó a la mesa a departir los alimentos, se hace grande y abre sus alas al amor y a la vida. Un vuelo en el que hay que dejarlos libres como lo hicimos un día nosotros…

Las obras de arte, los hijos y la poesía no son nuestros, pues como dice Kalil Gibrán, los padres somos el arco por los que se disparan los hijos como flechas vivientes, hacia la vida . “ Vuestros hijos no son hijos vuestros. Son los hijos y las hijas de la vida, deseosa de sí misma. Vienen a través vuestro, pero no vienen de vosotros. Y, aunque están con vosotros, no os pertenecen. Podéis darles vuestro amor, pero no vuestros pensamientos. Podéis albergar sus cuerpos, pero no sus almas. Porque sus almas habitan en la casa del mañana que vosotros no podéis visitar, ni siquiera en sueños” (16- 17, El Profeta)

Para eso se preparan los hijos y se les dan valores y principios, para que tomen su antorcha y corran hacia su propio pebetero, en busca del laurel de su verdad. Para eso se les mostró el cielo y se les señaló el sol, para que busquen su luz y la de Dios. Porque en los hijos seguirá viva nuestra sangre y nuestras verdades, pues el espíritu renace en ellos. Los padres no debemos preocuparnos tanto por dejarles herencias materiales, sino lazos espirituales para que se desarrollen sanamente en la sociedad. Los buenos padres no son aquellos que sacian todos los apetitos de sus hijos, sino los que los hacen razonar y los enseñan a discernir. Son aquellos que se pulen en educar y guiar a sus pequeños para que sean felices y honestos, solidarios y humanos. Porque es deber heredarle hijos nobles a la vida, para que atraviesen por ella sin amarguras ni rencores, de modo que sus flores sean puras y vivas como los azahares del monte.

Cuando los hijos se casan -dice Gibrán- nacen juntos para siempre y juntos van a estar cuando la muerte esparza sus días. “Sí, estaréis juntos aun en la memoria silenciosa de Dios. Pero dejad que haya espacios en vuestra cercanía. Dejad que los vientos del cielo dancen entre vosotros. Amaos el uno al otro, pero no hagáis el amor una atadura. Llenaos uno al otro vuestras copas, pero no bebáis de una sola copa. Daos el uno al otro vuestro pan, pero no comáis del mismo trozo- Gibrán, el Profeta, pag, 15-6).

Así es que aunque el nido se sienta vacío, aunque nos sobre un puesto a la mesa y siempre el oído espere las buenas noches antes de dormirse, quienes hemos tenido la suerte de casar hijos con personas honestas, debemos sentirnos dichosos y felices. No pocos nidos se deshacen cuando hay drogas en el hogar, cuando los hijos se han prostituido, cuando hay infidelidades y separaciones. Cuando se cae en desgracia, bajo una enfermedad o en la jaula de una prisión. El buen hijo que se casa, busca casa, pero permanece unido a su nido paterno. Crear hijos sanos física y espiritualmente hoy día, cuando todo parece no tener secretos, ni fronteras, ni tabúes, es tarea seria. El buen padre encomienda sus hijos a Dios, pero no cierra nunca las puertas de su corazón. Mucho ayuda la fe en Dios y la oración sincera, pero sobre todo, el predicar con el ejemplo. Nada detiene a dos enamorados y cuando ellos vuelan, hay que verlos partir con la esperanza de una vida mejor para ellos, pues en su corazón harán nido las abejas del amor…

 

 

 

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REFLEXIONES SOBRE “DESTAPARTE”

Publicado por eloccidente En septiembre - 12 - 2011

 

Domingo Ramos A.

Con motivo de los 125 años de distribuir “veneno” embotellado, con patente autorizada en todo el mundo, la Coca Cola tuvo la “genial” idea de plantear un “show” publicitario en el que, no se sabe cómo, ni cómo no, involucró de lleno a un puñado de artistas ticos y al Museo de Arte Costarricense.

La multinacional invitó a 52 artistas plásticos para que decoraran 52 botellas de Coca, de gran altura, labor por la cual les ofreció una suma menos despreciable que su falso amor por la cultura, de $1500, que en épocas de escasez le llenan la barriga a más de uno y le devuelven el alma al cuerpo.

No se sabe si el Museo de “Arte Costarricense”, máximo exponente de nuestra cultura, recibió alguna porción del queque, para que le abriera las puertas a las inmensas botellas decoradas por algunas manos ticas, siempre dispuestas a pescar una mosca al vuelo. Pero no es importante el dato; lo que es cuestionable, en todo caso, es el sentido de una alianza con una empresa comercial que, de haber querido incentivar la creatividad artística y aportar algo a la cultura nacional, habría podido realizar otra suerte de evento. ¿Por qué la dirección del museo no negoció algo más creativo y original?

La directora del museo: doña Florencia Urbina, defiende sus puntos de vista en el artículo: Un museo que sí vive (Nación 20 mayo, 2011) Pero incurre en el error, muy común, de desvirtuar las críticas (como hacen los políticos) ignorando que en el disentir se fortalece toda democracia verdadera. Por otro lado funda su defensa en el hecho de que ya se han realizado experiencias similares en otros museos del mundo. Dicho argumento, sin embargo, lejos de validar, empobrece pues admite que no hay originalidad en el evento, sino más bien imitación llana y silvestre. Dice además doña Florencia que “…las iniciativas novedosas no son bien vistas…” a lo cual replico que, personalmente, siempre he respetado sus obras y su estilo, pero me he opuesto a eventos insulsos y de poco seso, como la pamplonada que pensaban hacer en mi querido San Ramón, o al Caw parade del alcalde josefino, que ahora propone las palomas de la paz de la batalla política de Arias, dizque para evitar la violencia y la inseguridad… Me opondré siempre a la imitación de hechos y ocurrencias que no dignifiquen el verdadero quehacer artístico y menoscaben al artista, pese a su libertad de dejarse enjaular… Además, entiendo la urgencia de doña Florencia, de atraer visitas al museo, pero recuerdo que, simultáneamente al caw parade, los museos del Banco Central rompieron el record de asistencia con una exposición de Rembrandt, lo que indica que el pueblo costarricense, aprecia y valora más el buen arte que la ocurrencia descabellada.

Pero volviendo al meollo del asunto, tampoco se trata de una cacería de brujas. Algunos artistas han justificado su participación diciendo que $1500 no son para despreciarlos en aras del ideal del arte puro. Aducen además que cada uno es libre de participar y que en dejarse “destapar” no hay ningún ilícito… Otros alegan que fue un reto y que la curiosidad los emocionó… Que hay que romper esquemas y ser audaces y que se deben respetar sus sentimientos y decisiones. Que son oportunidades de trascender, darse a conocer y ser tomados en cuenta…

Naturalmente hay que ser tolerante y respetuoso y no me toca juzgar si hicieron bien o mal, pues para eso está la almohada; si después de que uno hace algo, duerme igual o mejor que antes ¡enhorabuena! Sin embargo, en esas justificaciones hay ambigüedad. Si aceptaron por plata, reconocen que la necesidad forzó la verdadera libertad, pues si no hubiese existido la paga no se habrían “embotellado”, como tampoco, sin plata de por medio, Judas habría vendido a Cristo traicionando las enseñanzas y principios del Maestro. En ambos casos las cosas se pueden hacer, pero hay que distinguir que, entre el acto de amor puro y el mero servicio sexual, la diferencia siempre la establece la paga.

Por otra parte, no hay que confundir libertad, que implica soltura y pureza, con libertinaje, que convoca todo lo contrario. No hay que olvidar que en la vida, no siempre lo que es “lícito”, es moral o ético. Conviene recordar que no siempre la curiosidad y la emoción son los mejores compañeros de la honestidad. Primero porque casi siempre la curiosidad “mata al gato” y segundo porque la emoción suele interferir con el más justo razonamiento. El artista debe ser, a mi juicio, un ser “integro” y de formación integral pues parte de su misión es descubrir senderos nuevos y vitales, que guíen a los que vienen atrás y un día puedan tomar nuestra antorcha y correr hacia el pebetero de la cultura del futuro. Un ser vivo con capacidad de discernir lo que más conviene, en aras de su desarrollo profesional propio y de la cultura del país.

El arte está llamado, en momentos tristes para la cultura y los valores, a ser llama de esperanza y para lograrlo, no puede ser hijo del oportunismo, la simple audacia, la desnuda emoción o la copia deslavada de la ocurrencia ajena y añeja. El arte debe ambicionar ideales propios, frescos, genuinos, pero no puede someterse al colonialismo imperialista y deshumanizado, de quienes llevan su corazón colgado del gancho que simboliza el dólar y que, no en vano, se asemeja al gancho que utilizaban nuestras antiguas carnicerías.

La cultura costarricense debe aspirar a ser más que la cultura de la Coca Cola, pero para eso, los creadores y los entes que nos representan, deben sumergirse, responsablemente, en las raíces de nuestra propia verdad. Meditar sobre su misión y trazarse su propio ideario… No es tanto la aptitud, cuanto la actitud, la que hace de un pintor a un artista digno. Los artistas deben tener metas propias y saber que tienen el don de la creatividad para trascender por méritos propios. Nadie trasciende por pintar vacas o botellas de Coca Cola y eso de ser “tomados en cuenta” es muy cuestionable, pues lo mismo les hacen creer a los “burros” del narcotráfico que no pocas veces ocupan las primeras páginas de los diarios, camino a un cementerio o a una cárcel, que para el caso es lo mismo.

Con este “Destaparte”, poca trascendencia tendrán los artistas y el museo que albergará esos objetos… La gran ganadora será la transnacional, sacralizada por el pincel de los artistas y legitimada por el máximo organismo de la cultura costarricense. El museo se ha prestado para la foto, con la misma falta de malicia criolla de esas pobres mujeres que, esperanzadas en trascender, desnudan su intimidad para los periódicos baratos.

Dicen algunos historiadores que la conquista de América resultó más fácil de lo esperado, porque nuestros aborígenes esperaban la venida de un Dios blanco. Pero no es posible que en este siglo, nos dejemos conquistar por el dios Coca Cola, cuyo credo comercial deshumanizado, lejos de destapar opciones para un crecimiento espiritual, embotellan la cultura y a los artistas de un pueblo, por una triste dádiva.

Finalmente, me refiero a las últimas palabras del artículo de la directora del Museo de Arte Costarricense: “Las palabras no aportan por sí solas al arte ni al desarrollo cultural del país”… Quizá no aporten tanto como debieran si se les prestase oído; en todo caso, por menos que aporten, seguro que aportan más que el silencio cómplice de tanto crimen, de tanto desvarío y tanta insensatez que enluta al mundo. La palabra aporta elementos de juicio, conciencia, denuncia y algo invaluable: LIBERTAD. ¡ Muchas gracias!

 

 

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Dioses de barro

Publicado por eloccidente En mayo - 20 - 2011

 

Dioses de barro.

Domingo Ramos A.

 

Con demasiada frecuencia los seres humanos, como si fuéramos náufragos, nos aferramos a falsos dioses, idolatrando y convirtiendo a simples mortales en luminarias ante las que nos arrodillamos, para besarle los pies o lavárselos con lágrimas de veneración…Con demasiada frecuencia en nuestras pequeñeces y soledades, olvidamos que grande grande grande, sólo existe un Dios, a cuyas plantas debemos postrarnos con humildad y respeto. Olvidamos que todos somos estrellas con luz propia, navegando en los espacios siderales y que un día, como cualquier sol del Universo, también nos apagaremos…

 

Recuerdo que muy joven, cuando estudiaba en la Universidad de Costa Rica, conocí a Paco Zúñiga (1912-1998), gran escultor costarricense que desarrolló su obra en México. Había venido después de muchos años de dolorosa ausencia, a esta tierra donde unos pocos lo estrujaron con su cerrada visión y estrechez de mollera tercermundista, hasta que se fue al extranjero. Después de una interesante charla que dio en Bellas Artes sobre el noble quehacer escultórico, muchos profesores y personas del público, se le tiraron encima para pedirle un autógrafo y tomarse fotos: _ “¡Yo se los doy con gusto, pero me apenan estas debilidades humanas!” -exclamó el maestro con cara de compasión… Pero la gente, humana al fin, hizo caso omiso de aquella sentencia que yo, desde entonces, siempre he tenido presente.

 

A finales de la década de los setentas, durante mis años de estudio en Italia, estando en Querceta, Forte dei Marmi, donde me encontraba esculpiendo esa piedra maravillosa que es el mármol, conocí al escultor inglés Henri Moore (1898-1986): sin lugar a dudas el mayor escultor del S.XX, cuya obra maravillosa, nunca he dejado de admirar. El célebre creador había venido a dar su visto bueno a su obra El gran arco, de ocho metros de altura, realizado para él en travertino romano, por los operarios de aquella empresa que me acogía… Los operarios me preguntaron si me gustaría sacarme una foto con aquel Maestro o pedirle un autógrafo… Pero yo les respondí que no, renunciando así, a la oportunidad de vanagloriarme el resto de mi vida.

 

Lo mismo me pasó en 1995, cuando regresaba de Mar del Plata, donde había ganado el primer premio en la Primera Trienal Panamericana de Escultura en Piedra. Resultó que en el mismo vuelo hacia Buenos Aires, venía la reconocida figura del fútbol mundial: Maradona, el gran dios de los argentinos. Recuerdo que cuando dicha estrella entró a los pasillos de la clase económica, la gente se puso de pie y lo aplaudió y corrió hacia adelante a pedirle autógrafos y tomarse una foto bajo su aureola… Él fue generoso, quizá para desempolvar un poco su imagen, venida a menos por las revelaciones de la prensa que lo ligaban con las fatídicas drogas… Yo permanecí sentado y una señora que venía con una sonrisa de felicidad indescriptible, besando la firma del astro, me dijo: “Y vos, ¿no vas a ir a tomarte una foto con él?… Mirá que está de buenas hoy, si querés yo te presento pues es mi amigo” –No, gracias- le respondí sin vacilar, mientras miraba por la ventanilla del avión aquellas tierras planas, como tantas mentes. Reflexionaba sobre el hecho de que todos veníamos en aquel vuelo, todos diferentes, de diferentes puntos de la tierra, cada cual con sus sueños a cuestas, pero reunidos por el destino en aquel vuelo de Aerolíneas Argentinas, sabría Dios para qué… Pensaba que si caía aquella nave, seguramente la muerte no haría diferencias, ni tendría en cuenta títulos, famas o virtudes, edad o nacionalidades… Pero llegamos sanos y salvos a nuestro destino.

 

El 26 de marzo en Costa Rica se inauguró, sobre el recuerdo del antiguo, el nuevo estadio nacional: elegante construcción (dizque regalito de China) cuya confección, por suerte, corrió por cuenta de ellos, porque de lo contrario estaríamos en la fase de los permisos y los planos. No faltó un ex presidente que entre palmas y chiflidos, se arrogó el mérito de la construcción de lo que llamó “mi gran sueño”. ¡Ay Señor, en estas debilidades humanas, qué fácil es saludar con sombrero ajeno! Para su inauguración, la más sonada, esperada y aplaudida que recuerden mis años, que no son pocos, se trajeron los equipos de fútbol de China y en teoría la selección de Argentina, donde juega Lionel Messi, considerado el mejor jugador actual del mundo. Se montó un despilfarro propagandístico sobre la figura de este pequeño gran hombre, como nunca antes se vio… Ante tal bombardeo mediático, el estadio se llenó de admiradores del astro y politiqueros oportunistas. Los “botellones” de siempre entraron gratis, pero los pobres plebeyos pagaron sumas exorbitantes por ver al nuevo dios del fútbol y tomarle alguna foto para los nietos…

 

Pero el nuevo dios, como todos los dioses de barro, defraudó, porque no sólo no lo dejaron jugar, sino que no se dignó levantar una mano para saludar a la masa de fanáticos que, con lagrimita y todo, lo aplaudieron en vano… Don Lionel Messi (la pulga) “sacó el cobre” -como dirían en Colombia. Se comportó indiferente, petulante e irreverente con los fans costarricenses. Tristemente la propia Federación Costarricense de Fútbol, se prestó al engaño al utilizar la imagen de un jugador que sabía que no iba a jugar, para atraer aficionados a pagar caprichos a los revendedores usureros. Eso es un fraude, pero los estafados, lejos de reclamar, bajaron la cabeza apenados…

 

Pero este chasco que motiva hoy esta reflexión, aunque duela, ayuda a abrir los ojos para no creer todo lo que dicen los medios, a los que sólo les interesa el negocio. (por algo son sólo “medios”). Podría enseñarnos que no todo lo que brilla es oro… Que la vida está llena de falsos profetas. Que no hay que persignarse en cualquier altar. Que la mayoría de los afamados ídolos, son tan pedantes como cualquier político. Podría indicarnos que no hay que creer en dioses que van al baño…

 

A Messi no hay que reprocharle no haber jugado pues “quien es mandado no es culpado”, (aunque se bailó a todo el pueblo costarricense). Lo reprochable es su carencia de valores como ser humano, porque lo cortés no quita lo valiente. Demostró que la fama ciega el corazón y encarcela el espíritu. Que en esas “jaulas de oro” de los famosos, se viven grandes soledades y sobre todo, se carece del tesoro de la gente común: la libertad. Dejó claro que no ha entendido que la historia es un sendero sembrado de cadáveres famosos, de quienes la memoria guarda sólo sus hechos más nobles, aquellos que testimonian la parte humana. Olvida que es un mortal como tantos e invita a regalarle una calavera para que recuerde su finitud… Porque es el canto y no la pluma, quien hace al pájaro y no bastan un par de alas para ser ángel. Olvida que la vida de los deportistas es muy corta y frágil. Ignora que los ídolos no pueden entrar a un escenario donde se lo recibe con aplausos, a brazos cruzados, en una actitud intransigente y desdeñosa, aunque en muchos argentinos esa sea la norma.

 

Estimados lectores, estas lecciones deben ayudarnos a reflexionar, para no seguir ingenuamente abrazados a los pies de estos humanos endiosados, cuya soberbia les impide a veces, cumplir hasta con las mínimas reglas de cortesía y respeto que merece el público. Nos enseña que no se deben adorar dioses de barro, pues la mayoría de las veces son víctimas de su fama y, teniendo aparentemente todo, no logran tener paz, ni libertad, ni ser felices… Todo hombre por humilde que sea, si tiene dignidad, es digno de respeto, pero de poco vale ser un gran artista, un gran jugador o personaje, si como ser humano se carece de verdaderas virtudes para ser querido, seguido y respetado. ¡Mil gracias!

 

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En defensa de las aves

Publicado por eloccidente En abril - 1 - 2011

EN DEFENSA DE LAS AVES

Domingo Ramos A.
Desde muy pequeño admiré las aves que poblaban los senderos por donde fui sembrando mis pasos, mientras forjaba mi destino. Sus cantos despertaban los campos recién llovidos en un concierto magistral. Volaban todo el día, describiendo arco iris entre los claros del bosque, o reflejándose en los espejos de las frescas quebradas que susurraban sus secretos. Las admiraba por sus colores, su canto, la libertad de su vuelo y lo fácil que parecía para ellas la vida sin un aparente trabajo ni casa fija. Pensaba que eran dichosas porque el mismo Dios les prodigaba su comida. Para aquellas almas “vagabundas” no faltaría alimento, mientras que a otras se las condenaba diciendo que quien no trabajaba no tenía derecho a comer… ¡Claro, todo desde que Adán y Eva, por “jupones”, metieran la pata!
Y pocas cosas le reclaman los seres humanos a sus primeros padres, como el haberse hecho expulsar del Paraíso y tener que ganar el pan con el sudor de la frente. El trabajo se convirtió en una verdadera pesadilla y son muchas las personas que, en el mundo entero, añoran ganarse la “lotería” para cumplir su máximo ideal: “no trabajar más en su vida”. (como si una vida sin trabajos fuera vida). Sin embargo, aquel hombre y aquella mujer, (que jamás pudieron haber sido ticos) tenían mirillas de mucho alcance; intuían que una vida sin la libertad de explorar nuevos senderos, de pensar por si solos y crecer forjando un destino a base de experiencias propias, no tenía sentido. Y a riesgo de enfrentar la ira divina, prefirieron ser expulsados de aquel paraíso todo armonía.

Roto entonces el huevo mágico, se abrió el mundo a una nueva vida. ¡La verdadera vida, si se la entiende como lapso temporal para crear y evolucionar haciendo! Desde entonces Eva pariría los hijos con dolor y Adán debería sudarse la “chaqueta” para sobrevivir. Pero la idea de que el trabajo es un castigo se ha difundido entre los amigos del ocio que, de mil maneras, han puesto su grito al cielo por tener que ganarse la vida. (como si hubiese cosas gratuitas)… Algunos han escrito su reclamo, otros como Franco de Vita lo han cantado, so pretexto de que por ello descuidamos los hijos: “todo por culpa del maldito trabajo”-dice. Pero las generaciones del siglo pasado también manifestaron lo suyo respecto al trabajo y cantaron jocosamente tonadillas con sabor caribeño, como aquella que muchos recordarán: ” A mi me llaman el negrito del batey, porque el trabajo para mí es un enemigo, el trabajar yo se lo dejo todo al buey, porque el trabajo lo hizo Dios como castigo”…

La fobia por el trabajo ha hecho que muchos vivan como zánganos de las sociedades y no me refiero sólo a esa gran familia de vividores conformada por la mayoría de políticos modernos, sino a muchos perezosos mentales que, en su afán por justificar su negligencia ante el mundo, se amparan en el evangelio según San Mateo (cap. VI- v. 26) que reza: “Mirad las aves del cielo cómo no siembran, ni siegan, ni tienen graneros, y nuestro Padre celestial las alimenta”… Y aunque el evangelio dice que el ser humano es infinitamente más valioso que cualquiera de las aves del cielo, muchos fanáticos de la vida fácil se degradan al comparase con ellas…Y en tal demencia, algunos se autodenominan “águilas”, envidiando el poder que Dios les dio a aquellas de alcanzar alturas que ellos saben que jamás podrán escalar quienes carecen de alas físicas o espirituales…

Existe entonces la creencia de que las aves llevan una vida feliz, lucrando de lo ajeno, sin problemas ni retos de superación. Pero siempre he creído lo contrario, por lo que esta pequeña reflexión pretende defender la reputación que erróneamente, se les ha querido atribuir a las aves del cielo, a quienes se las concibe como unas “vividoras”, que, al igual que los politiqueros, no se ganan lo que se comen. Baste entonces recalcar en defensa de estas “flores de pluma”- como las llama Bécquer- la valiosa misión que tienen en la vida respecto a la proliferación de la flora y los muchos trabajos que deben resolver diariamente para merecer los rayos del siguiente sol…

Nuestro país ha sido privilegiado con un altísimo porcentaje de aves a nivel mundial. Tenemos miles de aves que luchan por sobrevivir ante la destrucción de su hábitat a manos del hombre. Los hay de plumaje multicolor como los quetzales o los tucanes. Melodiosos como los jilgueros o cantautores como la sencilla ave nacional. Cuando por la mañana nos despiertan los cantos de nuestro trovador el yigüirro que, desde la copa de algún árbol desgrana las primeras mazorcas lumínicas del día, no siempre entendemos que aquel ramillete sencillo de plumas color café, es la misma voz del universo. Y no siempre miramos en su trino una oración a Dios, donde con amor se agradece y se implora…”¡Claro- me decía una vez un amigo- como ellos no tienen nada que hacer ni en qué pensar pues se acuestan a las seis de la tarde, se despiertan a deshoras y empiezan a despertar a todo el mundo muy de madrugada! ¡Infelices! -Pero ¿no es más hermoso despertarse por el canto de una ave, que por el ruido de un carro o la explosión de una bomba destructora o el lamento de un ser humano que despierta renegando por sus deberes en vez de agradecer a la vida que sigue vivo, que aún puede respirar, amar, beber y caminar?-le respondía yo… “Pero es que nadie tiene derecho a despertar a nadie cuando está durmiendo y al día siguiente debe ir a trabajar…Y para peores- me replicaba- donde quiera que se andan parando se echan la gran cuita. No no, los pajarillos se la tiran rico sin hacer nada!. Yo por mí- me decía- los destorrentaría bien lejos pa’ que dejen de joder”.

Pero a pesar de esa injusta visión que algunos tienen de los trovadores de vida, la verdad es que gracias a muchas de las aves del cielo, se han poblado los campos de semillas nuevas y los ecosistemas se nutren y regocijan de abundantes especies, frutos y cantos. Unas esparcen las semillas donde el viento no podría llevarlas. Las depositan con sus querellas que son fijadores naturales y abonos orgánicos para las nuevas plantas. Otras polinizan enteras plantaciones, llevando de flor a flor los elementos de la subsistencia y tomando a cambio, tal es el caso de los colibríes, sólo un poco de miel. Otras se encargan de comerse las larvas y acabar con las plagas de las plantas y los cultivos para que las mismas prosperen. Aunque no llevan palas, ni picos, ni macanas, y aunque se diga de ellas que “no siembran, ni siegan ni tienen graneros”, lo cierto es que sí siembran, sí siegan y sí tienen y surten sus propios graneros… ¡Ah, y los evangelistas, o escucharon mal, o al Hombre “se le fue la pajarita!

Y encima de eso, no es fácil la vida de las pobres aves, en un mundo cada vez más destrozado e invadido por los seres humanos. No es fácil, procurarse el sustento diario en un hábitat cada vez más menguado y sortear los muchos enemigos naturales que tienen las aves. No es fácil para muchas defender su territorio y conquistar sus parejas con la magia de un canto nacido desde el alma. No es fácil para muchos construir el nido para los polluelos que hay que defender, crear y enseñar a volar para la vida. No ha de ser fácil remar contra los vientos adversos que también ellas tienen. Ni debe ser tan lindo soportar las tempestades a oscuras, el rayo y la tormenta, asidas a una ramilla que cruje al viento, acechadas por los mil ojos de la noche que buscan el sustento para fauces hambrientas…

Estimados lectores, aunque a veces la cotidianidad y el trabajo nos endurezca el corazón y nos llene de arideces el alma, ojalá que aprendamos a mirar las aves, como las mensajeros de la esperanza. Flautas de pluma y abanicos multicolores que no sólo conforman la gran orquesta de la vida, sino que nos dan un ejemplo de cómo amanecer en paz con Dios y en armonía con el Universo. De cómo plantar cada día un nuevo mundo y perpetuar las especies vegetales de las que depende la vida. De cómo amanecer sin lamentos ni tortuosos temores. Sin las preocupaciones que da el saber que cada día trae sus propios afanes y que para todos existe el amparo de la mano divina. ¡Ah, y que cada vez que escuchemos el canto de una ave o contemplemos su vuelo, anhelemos su pureza y su amor por la vida y la libertad!. Que nunca más sintamos que comen gratis o que su vida es más fácil que la nuestra. Pero que, si ellas con un cerebro más pequeño que su corazón, saben amar, vivir y agradecer a Dios tan asidua y fervientemente, ¿qué no podríamos hacer nosotros cada día por la vida, si como dice el evangelio, somos infinitamente más importantes que ellas? ¡Mil gracias!

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Las alas rotoas de Jalil Gibrán

Publicado por eloccidente En marzo - 3 - 2011

Las Alas Rotas de Jalil Gibrán
Domingo Ramos A.

“Tenía dieciocho años, cuando los destellos del amor asombraron mis ojos con su luz mágica y desde aquel día los misterios de esa divinidad inquietante fueron dedos de fuego prendidos a mi alma”… Y yo tenía apenas trece años, cuando en la esquina noreste del mercado de San Ramón, me incliné para recoger del suelo, los restos de un pequeño libro desarmado, como ave sin vida a quien le hubieran roto sus alas, donde mis ojos ávidos leyeron esas palabras que me conmovieron el corazón y se grabaron desde entonces en mi alma.

Corría el año 1963, yo empezaba a beber las frescas aguas de los conocimientos que me prodigaba el colegio y con ello, a sembrar la triste distancia entre los campos y yo, que se quedaban atrás con retazos arañados de mi alma, del mismo modo que las zarzamoras retienen trozos de los vestidos del transeúnte… Me encantaba leer. Leía siempre los periódicos con que empapelábamos la casa, para esconder las rústicas tablas de madera, que se imbricaban a punta de clavo y martillo para ofrecernos el cobijo de un hogar… “¿Cuál hombre puede olvidar la primera mujer que trocó el sueño de su juventud en amargo despertar?”- había leído en aquellas páginas amarillas que temblaron entre mis dedos y guardé entre mis cosas más queridas por tantos años.

Los días fueron pasando bajo el arco iris…Otras lecturas fueron pasto de mis sedientas pupilas de adolescente. La golondrina batió sus alas hacia la capital, terminada la hermosa etapa del colegio, buscando los más altos aleros del conocimiento universitario. Desde ahí volaría sobre los mares buscando las cosas nuevas del Viejo Mundo y un día, leyendo un libro adquirido en uno de los bancos de la estación “Términe” en Roma, reencontré aquellas palabras que recogiera trece años antes en las calles de mi pueblo… ¡No era posible! Finalmente me enteraba que aquellas páginas, habían sido escritas por un notabilísimo escritor, filósofo, pensador, poeta y pintor libanés, considerado uno de los más preclaros exponentes de la literatura arábiga contemporánea, nacido en 1883 y muerto el 10 de abril de 1931.(18 años antes de mi nacimiento). Supe entonces de Gibrán Jalil Gibrán y que aquellas palabras encontradas en mi tierra, pertenecían a su primera novela intitulada Alas Rotas. Y años después, me enteré que dicha obra había sido traducida en Costa Rica, del árabe al español, por otro libanés radicado en San Ramón: Wajib Zaglul; ayudado por Reinaldo Soto E. allá por 1942.

Leí sus obras y conocí la vida del gran artista… Lo que jamás hubiera imaginado es que en 1997, 24 años más tarde del hallazgo de aquellas páginas, el arte me llevaría hasta la tumba de aquel gran ser humano, filósofo y maestro de la palabra. Había sido invitado por los escultores Basbous (pupila) para el IV Simposio Internacional de Escultura en Piedra, en la ciudad de Rachana (El Señor), donde trabajé una obra de gran formato que intitulé El Espíritu de Rachana, la cual forma parte de un importante museo de escultura al aire libre de Líbano… Recuerdo que mis pupilas se empañaron de nuevo al contemplar el valle de Bcherri cuya topografía me había sido sugerida desde Alas Rotas. Ahora estaba en el monasterio Mar Sarkis, abierto en una imponente roca, donde se custodian los restos de Gibrán, sus manuscritos, parte de sus pertenencias y de su gran legado pictórico a la humanidad, donde los temas literarios y filosóficos adquieren forma, plasticidad y color… “Je voudrais que chaque image sois le commencement d’une image invisible”- había escrito Gibrán, quien falleció a los 49 años, de tuberculosis y cirrosis hepática, en Nueva York, cuando su genio alcanzaba el mayor esplendor y madurez…

Hoy, 14 años después de esa visita inolvidable al Líbano de los cedros milenarios, recuerdo con nostalgia los días y las noches que pasé en aquella tierra sacudida por las guerras, donde Jesucristo realizó uno de sus primeros milagros en las bodas de Canaán, convirtiendo el agua en vino y hasta donde huyera el profeta Elías cuando era perseguido en Israel (Coelho, La quinta montaña) Jamás podré olvidar aquellas ciudades de la antigua y majestuosa Fenicia: puerta entre Oriente y Occidente, desde cuyas ciudades portuarias de Biblos, Tiro y Sidón, partían las naves comerciantes que dominaron el Mediterráneo y sus principales ciudades: Alejandría, Atenas y Roma… Desde la terraza del hotel que nos hospedaba al grupo de artistas que participábamos en el simposio escultórico, a la luz de una radiante luna de setiembre, volvían a mi recuerdo las palabras de la niña Elina Rivas, cuando nos explicaba en el Instituto Superior de San Ramón, las gestas de aquel pueblo indómito… Aquella noche, después de haber degustado los más de treinta ricos platillos de un menú libanés, mis ojos habían presenciado la exquisita belleza de la aceitunada mujer libanesa, que había expresado con extremo salero, todo el encanto de la danza del vientre, mientras su esbelto cuerpo se movía con el ritmo de una espiga al viento…

Hoy día la obra de Gibrán es muy leída en nuestro país y en todo el mundo. Cada uno de sus libros está lleno de sabiduría y pasión, porque al igual que Miguel Ángel: genio escultórico universal, que plasmó en sus mármoles la indomable fuerza de la existencia, Gibrán supo tallar con la palabra, los secretos del alma humana. Figuran entre sus muchos escritos: Ensayo sobre la música, Lágrima y sonrisa, Las vírgenes de las praderas, Las almas rebeldes, Alas rotas, Las tempestades, Los cortejos, Las perlas selectas, Munállat Aruáh, El loco, El precursor, El profeta, Espumas y arenas, Jesús el hijo del hombre, El vagabundo, Los dioses de la tierra y su obra póstuma: El jardín del profeta. En todos ellos el lector encontrará verdades escritas con arte y filosofía: “Cuando améis no debéis decir: “Dios está en mi corazón”, sino más bien: “Yo estoy en el corazón de Dios”- sentencia en El profeta, y agrega: “Cuando el amor os llame, seguidlo, aunque su camino sea angustioso y arduo. Entregaos a sus alas que os envuelven, aunque la espada oculta en ellas os hiera. Y creed en él cuando os hable, aunque su voz os doblegue y marchite vuestros sueños, como el viento del norte marchita los jardines. Porque así como el amor os llena de gloria, así os crucifica.” (p. 13)

En el museo dedicado a Jalil Gibrán, al parecer diseñado por una arquitecta pariente de don Wagib Zaglul, quien vino a San Ramón, desde la ciudad de Hasroun, cabe reseñar algunas obras pictóricas: El pensador, El hombre y la sinfonía de la Naturaleza, La auto-crucifixión, El espíritu manifiesto a los siete, La plegaria, La maternidad trascendental, Armonía sobre la cima, El centauro, la naturaleza y el hombre, Las dos identidades: la pequeña y la grande, La purificación espiritual y el templo cósmico. Jesús crucificado sobre la pirámide de la humanidad y las religiones, El mundo divino y dos obras simbólicas que me atrajeron mucho: El arco y las flechas (acuarela), donde propone que el hombre y la mujer conforman el arco desde donde se disparan los hijos a la vida, pero: “Vuestros hijos no son vuestros hijos. Vienen a través vuestro, pero no vienen de vosotros, no os pertenecen, podéis darles vuestro amor, pero no vuestros pensamientos. Podéis albergar sus cuerpos, pero no sus almas.” (p.17) y la obra El dolor y la alegría: un hombre y una mujer con las manos atadas, donde plantea ambos estados como caras de una misma moneda: “Cuando estéis contentos, mirad en el fondo de vuestro corazón y encontraréis que es solamente lo que os produjo dolor, lo que os da alegría”. “Cuando estéis tristes, mirad de nuevo vuestro corazón y veréis que estáis llorando, en verdad por lo que fue vuestro deleite” (p.25 El profeta).

En abril se cumplirá el décimo octavo aniversario de la muerte de este pensador y poeta, que a tantos conmueve. Por eso dedico esta reflexión a los libaneses que habitan en nuestro país y en especial a la familia de Wagib Zaglul, quien tuvo para entonces la tienda San Antonio, al este del mercado de San Ramón y de quien cuentan sus hijos, Jorge (propietario de la tienda) y José (rector de la Earth), que tuvo siete hijos, que su esposa doña Carmen Slon aún vive y que el traductor de estas Alas Rotas, que tan alto han volado, escribió muchos poemas y prosas inéditas, las cuales valdría la pena rescatar y a las que espero referirme en el futuro, pues este señor y su familia, son parte del la historia de San Ramón.
¡Muchas gracias!

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Suerte, pobreza y felicidad

Publicado por eloccidente En enero - 23 - 2011

Suerte, pobreza y felicidad

Domingo Ramos A.

Entre las muchas cosas que llegan por los desfiladeros de la internet, leí hace un tiempo la historia de un padre que, un viernes de fin de mes, mandó a su hijo al pueblo, a pagar los recibos de la luz y el agua… Por el camino, el niño fue seducido por la idea de ganarse un carro para que su papá, un pequeño agricultor, pudiera ayudarse en sus pesadas faenas de campo. Y fue tal su deseo de cambiar el destino de su familia, que la ilusión venció el temor de la desobediencia y el dinero de los recibos terminó en acciones para la rifa de un carro. Pasó el domingo y aquel niño soñaba con sorprender a su padre cuando llegaran a dejarle el vehículo…

El lunes tempranito, en efecto, el rumor de un automotor despertó al trasnochado niño que, asomado por el ojo entreabierto de una mal cerrada ventana, como en un sueño de hadas, vio venir un carro hacia su casa, abriéndose paso entre terneros y gallinas, a los que, un perrillo flaco, trataba de defender ladrando desde sus cueros descarnados… Cuando el papá abrió la puerta y salió al corredor, se enteró de que venían a cortarle la luz por falta de pago… Y como las desgracias, al igual que los políticos, nunca andan solas, poco tiempo después llegó el carro de Acueductos a hacer lo mismo con el agua…Y la historia finalizaba diciendo que los pobres no tienen suerte…

Reflexionando un poco sobre tan triste sentencia de corte “determinista”, no pude evitar preguntarme qué es lo que hace al rico rico y al pobre pobre, calificativos que he escuchado desde siempre… Empezaré por repetir, a modo de parámetro inicial, la conocida frase de que “rico no es el que lo tiene todo sino el que menos le falta”. Y ante la historia inicial, habría que preguntarse además, qué se entiende por “suerte”, para ver si el rico tiene más que el pobre. Sabemos que existen diferencias por naturaleza en todos los reinos; si miramos las plantas, encontraremos que unas crecen más que otras y son más fuertes o dan frutos más grandes y jugosos. Si comparamos las flores encontraremos las maravillas más increíbles y vistosas en el mundo de las orquídeas o las rosas, pero también las casi microscópicas flores del musgo… Si miramos el reino animal encontramos que algunos vuelan, mientras otros se arrastran, algunos tienen hermosos plumajes y delicados cantos, mientras otros carecen de color y voz. Unos trinan; otros croan o rebuznan (según la curul). Y hasta en el reino mineral se aprecian evidentes diferencias; existen metales y piedras tan valorados como el oro, los diamantes o las esmeraldas, al lado de simples andesitas o lavas volcánicas…

Ahora bien, ¿podría el árbol más alto y fuerte considerarse con más suerte que aquel que crece a sus pies? ¿No es la copa del árbol más alto la que primero despeina el ojo del tornado o la que calcina el rayo? ¿Son más afortunadas las rosas y las orquídeas por su perseguida belleza colorística y formal, que la humilde y casi imperceptible flor del musgo? ¿Acaso su esplendor no es también su desgracia? ¿Cuánto más dichoso es el pavo real con su vistoso abanico de ojos azules, respecto al pobre basurerito alado, con su vestidito negro, llamado zopilote? ¿Qué tan dichosos son por sus bellos trinos y gorjeos, el jilguero y el canario, respecto a los graznidos de la urraca o el agorero canto del culleo de los senderos? ¿No es el canto de los primeros su principal delito para terminar entre rejas? ¿Será por su dura y traslúcida belleza, más dichoso el diamante que el alabastro? ¿O por los áureos brillos el oro de los Incas, tendrá más dicha y suerte que el innoble hierro?

Bueno, pareciera que todos los elementos convocados para ejemplificar este discurso, deberían vivir en el más injusto de los caos, donde la envidia aniquila a unos y el orgullo engorda a otros. Pero no es así. Y no lo es porque esos elementos carecen de la “inconciente conciencia” que hace de los humanos los entes más nobles, pero también los más morbosos y déspotas de nuestro planeta. Es innegable que todos estos elementos están rodeados de circunstancias diferentes, pero poseen importantes cosas en común. Como puede verse, todos comparten el mismo mundo. Habitan el mismo universo y surcan el mismo cosmos, apechugando un mismo destino donde todo cuanto nace muere. Poseen colores, cantos, formas, durezas y tamaños diferentes, pero luchan por una causa común, donde es tan importante la gigantesca ballena, como la diminuta bacteria… Comparten la alegre armonía del milagro de la existencia, en donde cada segundo es vital y la única propiedad válida es la de ser…

El ser humano, por tener unos pocos cromosomas más que la ascáride o el chimpancé, no sólo se cree dueño de la verdad, sino con potestad de decidir sobre la vida, sin saber ni quien es él, ni qué es la vida… Se ha proclamado superior de las demás especies a las que denomina “inferiores”, so pretexto de sentirse, no sólo hijo de Dios, sino creado a su imagen y semejanza… Pero aunque invente medicinas y guerras, poesías y maravillas tecnológicas y se distinga por tener el don de la palabra, es sin duda el ser más esclavizado por las pasiones y dolores. Porque el hermoso despliegue vital con que las aves y las plantas reverencian el dono de la vida, en el ser humano suele convertirse en necrosis de todo atributo divino.

Pero retomando el hilo inicial que motiva esta reflexión, me propongo señalar algunas de las cosas que igualan o diferencian a los seres que se hacen llamar “ricos” y aquellos que se denominan como “pobres”… Empezaré por subrayar, que en el caso de los seres humanos, por muy inteligentes que se crean, no escapan a las condiciones que rigen el destino de los ejemplos anotados arriba. En efecto, ricos y pobres navegamos en una misma navecita, llamada Tierra”, por los espacios siderales. Vagamos en los vacíos cósmicos de un mismo universo. Las mismas estrellas alumbran nuestras noches y el mismo sol calienta para todos. Ricos y pobres disfrutamos de la misma luna, aunque posiblemente sea el pobre quien mejor descifre su poesía. El oxigeno vital que respira el rico se parece al del pobre, aunque a veces es el pobre quien mejor respira. El agua que bebe el rico, es la misma que da vida al pobre. Las mismas necesidades vitales del rico las comparte el pobre; ambos son seres de carne y hueso y están hechos a imagen y semejanza el uno del otro. Los ciclos vitales son iguales para ambos, más allá de las circunstancias económicas. Las mismas necesidades fisiológicas del pobre las sufre el rico; ambos orinan, defecan y luchan por sobrevivir al igual que la pobre rata…

Para ambos bandos las puntas de los senderos son iguales: provienen de un mismo padre celestial y acaban bajo la misma guadaña de la muerte. Pobres y ricos han recibido de Dios, el maravilloso regalo de la existencia, como cualquier otro animal, o los astros de las galaxias. El mismo vehículo para el alma de un rico le fue dado al pobre: un cuerpo finito al que corroe el tiempo por igual. Los mismos defectos y virtudes de unos son comunes en los otros. Para ambos existen los dolores, las alegrías o la potencialidad de amar, reír, llorar y ser felices. Llora el uno, igual que el otro. La polilla del dolor taladra tanto la madera del rico como la del pobre. La muerte los recoge sin distingos; fenece el rico como el pobre y la tierra pudre sus carnes y corroe sus vestidos por igual…El sufrimiento existe tanto para los pobres como para los ricos y ambos son impotentes juguetes de un destino.

Por lo general, la clasificación de “ricos” y “pobres” que hacemos los seres humanos, se basa en un mero materialismo. Se denomina rico a quien tiene dinero y ostenta posesiones terrenas. El dinero confiere seguridad, ofrece oportunidades y compra cosas. Pero en el fondo, no compra lo esencial como es la felicidad, el amor o la inmortalidad… El dinero puede dar una mansión, pero no siempre un hogar. La plata puede comprar caricias, no el amor. El dinero puede comprar valiosas camas, pero no el sueño. Puede comprar alas, pero no el vuelo. Puede reunir muchas personas, pero no siempre amigos. El dinero puede trucar apariencias, no necesariamente las verdades. El dinero puede deparar antojos, no el don de soñar. Puede comprar adulaciones, no el respeto… En fin, la plata puede abrir muchas puertas, rejas y ventanas, no necesariamente comprar la libertad.

Estimados lectores y lectoras, podrían ustedes dar sus propias versiones y después de un valioso intercambio de ideas, encontrar vasos comunicantes y puntos discordantes. Pero concluyo diciendo que la peor pobreza no es la falta de dinero, sino la espiritual que engendra la mediocridad. Que la suerte no está en encontrar sino en crear, en descubrir y en esculpir los sueños con alma, vida y corazón. Que la riqueza radica en la conciencia, en la fe, en el respeto de los semejantes, valores y la vida. Que la felicidad nace del amor y la solidaridad, del compartir sabiamente y del discernimiento y la aceptación, que implica también renuncia incondicional. Que la libertad no está en las rejas del oro, sino en la intangible inmensidad del pensamiento. En fin, que la grandeza de un ser humano se manifiesta en el canto y la poesía, pero se aquilata de acuerdo a su capacidad de amar.

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Los regalos de Navidad

Publicado por eloccidente En diciembre - 22 - 2010

LOS REGALOS DE NAVIDAD
Domingo Ramos A.

Andando, andando, como quijotes aventureros, nos volvemos a encontrar con otra navidad. El aire fresco de diciembre nos recuerda de pronto que hemos cerrado un año más, completando otra órbita alrededor del sol. Nuestra nave azul: diminuto grano de polen de estrellas de sólo cuarenta mil kilómetros de circunferencia, ha viajado sin tregua a una velocidad de 30 kilómetros, (18 millas y media) por segundo. Hemos navegado en el universo junto a los astros y las estrellas, ignorando el tiempo, la velocidad y el esplendor de los abismos cósmicos… Sin darnos cuenta, muchas veces, ni de nosotros mismos.

Es diciembre. Es navidad. Y como si nos faltara un poco de magia, encendemos luces y adornamos los hogares donde hemos transcurrido trescientos sesenta y cinco días de nuestra agitada y presurosa existencia. Nos ha tocado quizá la bendición de amar, la experiencia de sufrir, reír o llorar. Y de pronto sentimos que detrás de todos nuestros desvelos y sueños, hay un fin y una verdad. Reflexionamos y pensamos en Dios como el autor supremo del universo que nos alberga. Y nos invade una emoción inenarrable y le construimos, en un rinconcito, un portal al Dios niño. Experimentamos una inmensa alegría que nos invade el alma y nos invita a compartir con los seres que nos palpitan cerca del corazón. Olvidamos las fatigas de la cotidianidad y corremos a comprar regalos para patentizar nuestro afecto… De pronto refrenamos el paso y sentimos latir la vida en los abismos del pecho… ¡Ahí está la navidad!

Pero, ¿por qué debimos esperar un año para reencontrarnos con Dios, con nosotros mismos y con esa fe interior? ¿Por qué no nos dimos cuenta que pudimos haber convertido cada día del año en una navidad? ¿Por qué encendemos luces artificiales para irradiar el alma, si durante todo el año ignoramos que Dios nos regaló un infinito lleno de estrellas para que nos iluminaran en nuestro vuelo fugaz? ¿Por qué nos preocupamos de pequeñas luces pirotécnicas, si durante un año entero viajamos a oscuras en medio de tanta luz de las constelaciones y las galaxias? ¿Por qué esperamos tanto tiempo para encender las luces del corazón, del amor y de la solidaridad?

Construimos un portal con figuritas, en casa, pero no apreciamos durante todo el año el gran portal de la existencia, donde nosotros éramos sus protagonistas. Y de pronto pensamos en los seres queridos que durante todo el año no supimos ver. Corremos a comprar regalos caros y hasta inútiles para disfrazar nuestros olvidos, cuando pudimos haberles regalado un minuto de atención, una ternura, un silencio, una palabra comprensiva, un sencillo te quiero, una caricia, o el invaluable abrigo de una bendición. Olvidamos que las luces que debimos mantener encendidas son las del alma, para no conducirnos entre tinieblas. Que el pesebre se debió llevar siempre en el corazón, para ese niño que llevamos dentro, opacado por los deberes y las ansias de la vida moderna. Porque la verdadera navidad no llega, sino que brota del corazón.

Por ello, antes de pensar en un regalo de última hora para los seres queridos y los amigos que por los compromisos y trabajos, olvidamos durante el año, pensemos en nosotros y regalémonos un tiempo de paz… Dediquémonos primero a nosotros mismos, un espacio de reflexión donde pongamos sobre la mesa todas las cartas. Hagamos un balance de las cosas que hicimos, cuáles alcanzaron su meta, cuáles hay que reforzar, cuáles ya no tienen importancia, cuáles hay que soltar para que se vayan. Iniciemos ese listado de propósitos para el nuevo año, en donde algunos de ellos pueden ser: llevar una vida más digna y serena. Vivir siempre de acuerdo a nuestros principios solidarios y humanos y procurarnos una vida de calidad. De mirar más a menudo las estrellas y encender diariamente las luces de nuestra esperanza. De mirar a nuestro alrededor y tenderle una mano a la maltratada naturaleza y a quienes necesitan apoyo. De sentarnos más a menudo con los seres queridos y preguntarles cómo transcurre su existencia y qué planes tienen para su vida. En tratar de ser más hermanables y regalar al mundo una sonrisa fresca.

Procuremos no caer más en la tentación de cubrir las apariencias y salir a la calle a comprar regalos para dar, sin preguntarnos si le serán de utilidad a esas personas. Procuremos regalar cosas de corazón, que por humildes que sean, tienen un valor especial. Procuremos no malgastar el dinero ni llenarnos de deudas que nos roben la paz del nuevo año. Pensemos que todos los días del año son buenos para dar amor y demostrar afecto. Volvamos a tocar a la puerta del vecino para sencillamente saludarlo. Volvamos a llamar a ese pariente o conocido que vive lejos y que el trajín de la cotidianidad no nos permite visitar. A veces una simple llamada se convierte en un buen regalo.

Ordenemos esos gastos excesivos y comamos y bebamos con moderación; ni la comida ni la vida ni los licores, se acaban en diciembre. Dediquemos un poco del escaso tiempo a nuestra familia. Volvamos a la biblioteca y retomemos alguno de esos buenos libros que nunca pudimos terminar. Reforcemos los hábitos de la buena lectura tan venidos a menos. Escuchemos de vez en cuando una buena música y sobre todo, escuchemos la voz de la sensatez y el corazón.

Regalémonos un poco de paz y reflexión sabia. No les sigamos el juego a los comerciantes que desde agosto lanzan su aplanadora propagandística para que nos embarquemos en navidad. No escuchemos las voces de las falsas sirenas comerciales que promueven descuentos y regalías. Escapemos de aquellas agrupaciones financieras que nos regalan tarjetas de crédito que resultan mecate para el propio cuello. No caigamos en las redes de las cadenas comerciales que nos llaman diciendo que nos hemos ganado dineros fáciles y solicitando el acceso a nuestros ahorritos. No crean en esas trasnacionales que afirman darnos una semana gratis de hotel… No pequemos ni de confiados ni de ingenuos; no hay almuerzo gratis. No nos prestemos al engaño y las estafas de una navidad comercializada y deshumanizada; cualquier día del año es bueno para regalarle un presente al ser querido, de acuerdo a nuestras posibilidades económicas; dejar a Dios por Dios no es amar a Dios.

Para esta navidad y las que vengan, regalémonos paz y calidad de vida. Terminemos el año sin correr por tapar las apariencias y calmar el que dirán. Aprendamos a ser genuinos, a vivir de acuerdo al corazón y cultivar la paz interior. ¡Muchas gracias y Feliz Navidad!

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La huerta de mi escuela

Publicado por eloccidente En noviembre - 30 - 2010

Domingo Ramos A.

Por aquellos días el cielo se oscurecía y después de un relámpago fugaz, como vuelo de colibrí, se escuchaba el sordo ronquido del trueno que infundía miedo y recordaba que se acercaba mayo: mes de la Virgen, las flores y las lluvias. “Va a hacer mucha tormenta”- decía papá, mientras preparaba las eras donde las primeras aguas del año, habrían de despertar las milpas, milagrosamente contenidas en aquellos granos blancos, que reían en silencio desde las mazorcas que colgaban en la troja… Mi madre preparaba los terrenos aledaños a la casa en donde el llanto bendito de las nubes, haría florecer el más hermoso jardín..

Después de atravesar la quebrada, saltando a pie descalzo entre las piedras, empezábamos a caminar por los potreros resecos, cuyos senderos rojizos eran interrumpidos por las carreteritas de hormigas que se empeñaban en llevarse los últimos verdores que sobrevivían al verano… Más arriba, el árbol de guácimo…luego otra cerca de alambre limitando las mezquindades humanas y al fin la calle… Aquella calle de tierra, polvorienta en verano, fangosa en invierno, por cuyo lomo acudíamos a la escuela todas las mañanas. Más allá de un recodo boscoso, la ermita y, casi al frente, la Escuela La Palma de Piedades Sur de San Ramón… ¡Oh Dios, cuántos sueños buscaron desde el alma, los aleros de aquella escuela sencilla, donde también las golondrinas encontraron sitio para sus nidos!

Antes de las siete de la mañana, amazona sobre su noble caballo blanco, llegaba la maestra. “¡Buenos díiias niña!”- recitábamos a coro los pocos alumnos, mientras alguno se llevaba su cabalgadura hasta los terrenos de atrás, donde sobresalía el excusado de hueco. María Isabel Durán Zamora empezaba su clase puntualmente…De la chuspita de trapo sacábamos, sobre el humilde pupitre de madera, el cuadernito de borrador, el lápiz y el Cuaderno de Vida de doscientas hojas, forradito con el papel del pan, donde con una plumilla que habíamos aferrado a un trozo de verolís de caña de azúcar, tratábamos de grabar, sin manchones, aquellos primeros tragos del saber…

Tanto rayo desgarraba los abismos celestes, que las negras nubes, desde sus heridas recién abiertas, sangraban los primeros aguaceros de mayo que, cual promesa divina, hacían realidad el sueño de los campesinos, en cuyas pupilas se reflejaba el verdor de la esperanza… Era tiempo también para la huerta de la escuela y la niña nos pedía llevar cuchillos, machetes y palas… Yo siempre llevé aquel machete que, después de varios años de pedírselo al niño, para un diciembre me lo dejó debajo de la cama, envuelto en un periódico… ¡Qué alegría y orgullo, nos daba hundir las manos en la tierra y demostrar que sabíamos trabajar! Los varones hacíamos las eras y las mujeres afinaban sus lomos extrayendo piedrecillas e impurezas, para luego sembrar. Algún lomillo se plantaba de rábano, otro de lechuga, alguno de maíz y de frijol. Por allá una mata de chayote y, arrimada a la cerca de poró, alguna de tacaco que le disputaría el espacio a las campanillas azules…No faltaba aquel bejuco, bajo cuyas hojas anchas y salpicadas de blanco, crecían los ayotes.

Después del recreo grande, apaciguábamos las hambres que no habíamos aniquilado con jocotes, guayabas o manzanitas rosa, con una sopa, cuyas verduras habíamos aportado desde nuestras casas. ¡Qué delicia! Y luego, un vaso fosforescente de lata, rojo, amarillo, azul o verde, con aquella leche en polvo que generalmente se ahumada al prepararla, al cual seguía el premio de una tajadita de queso amarillo de cabra que en mordiditas de hormiga, tratábamos de rendir.

Eran otros tiempos. Era otra Costa Rica y éramos otros niños… De la escuela regresábamos cargando leña que recogíamos por el camino para el fogón y después de comer lo que hubiera, íbamos a traer agua a la quebrada o arrancábamos alguna yuca o camote para el café de la tarde. Nos tocaba machetear o palear la tierra para arrancarle la mudadita dominguera y los cuadernos y libros del año siguiente. Siempre había que hacer: picar leña a punta de hacha, desgranar maíz, arreglar el jardín o traer terneros. Las mujeres ayudaban en las tareas de la casa, donde la madre las preparaba para que fueran muchachas dignas. Eran tiempos donde, desde niños, se nos enseñaba a ser hombres y mujeres con derechos y deberes, con fundamento, hábitos de trabajo, valores cívicos y morales. Por la tarde, cada cual preparaba su canfinera para hacer la tarea y espantar las sombras de la noche que atracaban desde temprano… Pero cuando se apagaban aquellas luces, por la ventana entraban las estrellas desde el infinito, o la hostia bendita de una luna llena.

Cada invierno recuerdo con nostalgia aquellos días en los que, sin darme cuenta y sin arrepentirme, empezaba a renunciar al campo y a lo que hoy se denomina como el “ingrato trabajo de la tierra”, como dice el poeta y ensayista Isaac Felipe Azofeifa (1909-1997) Empezaba a distanciarme de aquella vida rural, para hacer lo que don Quijote- para parafrasear al ensayista Mario Sancho (1889-1948), vender la hacienda para comprar libros e irse tras la aventura por el mundo. Y para mí, la aventura era la educación, el estudio y la promesa de un futuro mejor… Intuía que la sabiduría es una preciosa virtud y que, “Quienes no piensan por cuenta propia concluyen por ser hombres color de niebla” -como dice en su ensayo La Cultura integral del hombre, Roberto Brenes Mesén (1874-1947) quien agrega que: “Los dioses ya tienen pronta la joya de nuestro destino”.

Me traje el campo en el alma y en ella la huertecita de la escuela… Ahí aprendí a modelar la tierra con las manos que hoy esculpen y tallan obras tridimensionales… En aquella escuelita aprendí a leer y escribir: dos hechos importantes que atesora mi vida. No había televisión, ni luz eléctrica. Nada de computadoras ni teléfono y menos celular de los que ahora lucen hasta los gatos y los ratones… Había que buscar la luz aunque hubiera que renunciar a aquella paz, por la que no pocas veces he suspirado… Sentía, como Platón (427-347 aC), que la educación predispone mejor al ser humano para descubrir lo esencial de la existencia, pero a la vez, adivinaba que “El suelo es la única propiedad plena del hombre y tesoro común que a todos iguala”- según dijo José Martí (1853-1895).

Aprendí a ser más hortelano del alma que de la tierra. Supe, subiendo hacia el mediodía, que con esfuerzo y honestidad, la maceta trasciende el corredor. Tuve que decidir y lo hice, aunque algunos amores no se olvidan… Me apena que la juventud de hoy no tenga oportunidad ni interés por la tierra generadora de vida. Que no sepan de dónde provienen los productos que comen…Que jamás hayan empuñado una pala, un machete o una hacha, porque es la relación con la tierra y la naturaleza, la que sensibiliza el espíritu. Duele que la educación les induzca a olvidar sus valores y los políticos se empeñen en extirparles sus raíces, su identidad y su Patria. Que los maestros de hoy no inculquen los valores y el amor por un conocimiento que los humanice y promueva un verdadero crecimiento espiritual, como lo hicieron nuestros maestros. Que la educación se limite a transmitir conocimientos, descuidando, como lo ha hecho la iglesia, la formación, los valores y la verdadera culturización.

Me apena saber que cada día se ensancha más la brecha con la tradición sana del pasado, la honestidad y la solidaridad. Que cada día el ser costarricense sea más indolente, más individual y menos conciente. Que la gente se mueva sin otras metas que aquellas materiales, cuya posesión les envalentona como “caines” contra sus propios hermanos. Que no mediten en las palabras de Joaquín García Monge (1881-1958) cuando dice que el Monumento Nacional se hizo “para enseñarnos como se defiende con fiereza el suelo nativo, que da el sustento y la libertad”. Para decirnos: “cómo es bueno morir y saber morir sin cobardías por causas dignas”. Para no permitir que los “analfabetas culturales” que menciona Brenes Mesén, que leen y escriben, pero han olvidado el arte de pensar”, nos jueguen sucio desde los puestos gubernamentales.

Seguramente muchos de ustedes, lectores y lectoras, cultivaron una huerta en la vida y estudiaron cuando la escuela era gratuita y obligatoria, según el sueño del gran promotor de nuestra enseñanza: don Mauro Fernández (1843-1905) Y es probable que muchos, igual que yo, sin dejar de reconocer las virtudes tecnológicas de estos tiempos, recuerden con nostalgia los ideales de aquella Costa Rica de otrora. Y ante la ruptura entre presente y pasado, reflexionen sobre las palabras de don Rafael Cardona (1893-…) que dicen: “Los únicos ideales que llegan a ejercer algún dominio visible en el hombre y el mundo, son aquellos que han venido rodando de generación en generación…Como las antorchas que los griegos pasaron de mano a mano”…

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Inundaciones causan emergencia en San Ramón

Publicado por eloccidente En septiembre - 29 - 2010

erm1 Comunidad exhorta al Gobierno para que declare zona de emergencia al cantón de San Ramón y comunidades vecinas para acceder a los recursos de la Comisión Nacional de Emergencias.

• Emergencia deja estela devastación y desesperanza en familias.

Intensas lluvias causan derrumbes y hay varias comunidades incomunicadas.

Alexis Castro

El Occidente

Las fuerzas vivas de la comunidad de San Ramón solicitan al Gobierno que incluya al cantón en la declaratoria de emergencia para que acceder a los recursos de la Comisión Nacional de Emergencias.

Los cuerpos de agua que provocaron los daños fueron abastecidos por las precipitaciones ocurridas durante las últimas 24 horas producto de un sistema de baja presión que afecta al país.

De nuevo varios profesionales del cantón exhortaron al Municipio para que invierta recursos en la canalización del Estero y no permita la proliferación de urbanizaciones en zona de alto riego.

La emergencia ha causado innumerables daños en infraestructura y ha dejado a familias con pérdidas millonarias. Lea el resto del Artículo »

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Las manos ocultas de la vida

Publicado por eloccidente En agosto - 25 - 2010

Domingo Ramos A.

Cuando era niño solía buscar la soledad de los campos, entre jarales y tucuicos, en los repastos de calinguero de menudas florcillas moradas que peinaba el viento, donde me asaltaban temores por aquella mano misteriosa que se llevaba a los seres para siempre y que llamaban Muerte. Nadie la vio jamás pero siempre se sintieron sus efectos y cuando actuaba, ya no valían llantos ni plegarias. Su presencia traía tristeza a los hogares y su mano oscura sembraba luto a su paso… Nadie sabía decir qué era la Muerte, ni de dónde venía, ni por qué llegaba sin aviso para cegar alguna vida. ¿Cómo se podría entonces combatir a aquel monstruo, asesino invisible, que lo mismo llegaba al amanecer, como los tejones, que descendía por la tarde como los gavilanes, o atacaba por la noche como los vampiros?

Me sentía en desventaja para luchar contra una mano tan radical y poderosa, pero invisible. Mis padres me aconsejaban no pensar en ello y “aceptar la voluntad de Dios porque la Muerte es lo único que tenemos seguro en la vida”- Pero mi espíritu salvaje se revelaba aún más; también me parecía injusta la mano todopoderosa e invisible, de un Dios que no había visto nunca. No era ético ni honesto que dos desconocidos “grandulones” llegaran a mi vida e hicieran y deshicieran mis sueños y esperanzas, amenazándome con apartarme para siempre de mis seres queridos: abuelos, padres, hermanos…¡Ah sí, porque del más allá nadie volvía para contar el cuento!

Conocí poco a poco las mil maneras de actuar de aquel par de manos que cazaban juntas: la Muerte y Dios que, cuando no ahogaban a un muchachillo en la poza del río, arrostizaban con un rayo en el potrero, a un pobre viejo que volvía de su jornal, con yegua y todo… ¡Qué poco hombres eran aquel par de matones hijos de nadie, que exterminaban por placer al indefenso ser humano! Yo era muy pequeño, pero los desafiaba juntos con todas las fuerzas de mi alma. Los reté a pelear de frente, mientras blandía un cuchillo que rebanaba el viento o mientras apuntaba hacia las nubes con aquella carabina de dieciocho tiros…Habría disparado contra cualquier rostro barbado que asomase de entre las nubes, pero jamás vi nada… Morían los días y cuando el pincel, de alguna otra mano desconocida, pintaba sus paisajes sobre el horizonte, al igual que los pajarillos que escapaban de la noche, regresaba a casa lleno de angustias. ¿Dónde has estado todo el día?- me decía mi madre- “en lugar de picar leña o hacer algo, te las pasas tranquilamente en los charrales”. ¿Tranquilamente?

Ni la maestra, que todo lo enseñaba y lo sabía, se había puesto a pensar en ello. “Hay demasiados misterios en la vida”- decía- cada sol traerá afanes nuevos y el viento seguirá revelando sus secretos”. “Ay Niña -neceaba yo- ¿cómo vencer a enemigos que no se ven?” “Estudiando”- aconsejó. “Pero es injusto- repliqué- que los hechos más importantes de la vida sean realizados por manos invisibles y poderosas”. “La vida es un misterio- contestaba- una flor en cuyos pétalos, al igual que las páginas de un libro, están todas las respuestas”.

Mientras, aquel par de bribones alteraban el curso del pequeño riachuelo de mi existencia. La Muerte nunca vino por mí y tuve que seguir el trillo…Aprendí que nuestro mundo “real”, estaba manejado por fuerzas “irreales” e “invisibles”. Que había que hacer como la hoja, dejarse llevar del viento o arrastrar por las corrientes de las aguas. Siempre los seres “misteriosos” manejaban los destinos; traían la vida o se la llevaban para siempre. ¿Qué iba a hacer cuando aquella mano fatal me arrebatara a papá y mamá? Y pensaba que era mejor morir primero que ellos para no sentir el dolor inconsolable de su ausencia…Habría deseado hablar de aquellas cosas con mis padres, pero ellos creían que había que dejar que Dios hiciera su Santa Voluntad…

Pasaron los tiempos y me entristecía pensar que un día desperté en un mundo lleno de verdes y flores, ríos y cielo, aves y cantos, para que “los grandes desconocidos” hicieran su “voluntad” y sin decirme “agua va”, me cortaran el aire y me sacaran del encanto para siempre. Sin otra alternativa, fui creciendo conforme las gotas se gotearon de la clepsidra de los tiempos… Los atardeceres me traían nostalgia, porque la noche, de traje negro, tenía sus misterios. El sueño siempre fue interrumpido por aquella pregunta ¿cuándo irá a venir? ¿Por qué había que bajar la cabeza ante aquella famosa Muerte, en vez de enfrentarla y ponerla en su sitio de una sola vez? ¿Por qué los seres humanos se dejaban derrotar sin levantar la voz y los brazos para defendernos?

El tiempo me arrastró hacia el medio día. Me enrolé en las mismas cosas que hacen todos los hombres y, bien cebadas las trampas como suele ponerlas la vida, dichosamente me dejé seducir por el Amor: otro desconocido poderoso que irrumpe en la vida y nos cambia los colores, los sabores y el menú, y lo mismo nos deja saborear las ambrosías celestiales que morder el polvo de las desilusiones… ¡Diablos!- me decía- otro desconocido mandando en mi vida como el puta diablo que desde el árbol de la sabiduría, engañaba con los frutos de la perdición, al igual que los políticos desde sus tinglados, con sus promesas. No era justo que otra mano desconocida amenazara con arruinar la vida en un lugar de tormentos llamado infierno… ¡Faltaría más!

Pero la flor de la vida se fue abriendo y revelando sus secretos y encantos. Vi las flores nacer, crecer y desplegar sus maravillosos colores para someterse a la Muerte que las deshacía irremediablemente… Aprendí a decir adiós a todo, a entender que todo es efímero y prestado, que la existencia es un sueño donde las cosas llegan para irse, porque en esa inestabilidad se sustenta el equilibrio y, en esa efimeridad, se afianza la Eternidad. Escuché los poetas que, como yo, buscaron esas manos ocultas y lanzaron su grito largo… Todos se desvelaron buscando y abrazando dolores y pasiones para apretar soledades… Todos tratando de hilvanar el sendero a la verdad, en busca de la “Felicidad”: otra voluntad omnipotente que sacude el alma humana como cualquier petate. “Caminante, no hay camino, se hace camino al andar”- respondía Machado…

Hoy, a mis años, no todas las dudas de mi niñez se han disipado, ni satisfecho mi deseo de justicia y libertad. Muchos goces me ha dado la vida, muchas satisfacciones y dolores: cal y arena con la que he ido construyendo la Existencia: otra gran desconocida. Y vinieron las hijas tiernas y bellas, tres poesías por escribirse, -como dijo un amigo- cada una con un destino delineado e impredecible… La Muerte y Dios me han dado y quitado. Se llevaron primero a papá, sin adioses ni hasta luegos… Lo siguió mi hermana mayor y también el ser incomparable de mi madre. Pero ya no peleo con la Muerte ni con Dios, a quienes agradezco haberme permitido enterrar a los ángeles que tuve por padres.

Todo lo que llega se va, todo cuanto nace muere y toda posesión es efímera. La Muerte y la vida son caras de una misma moneda y sin la una, no tiene sentido la otra. Sé que “morir es florecer en otro mundo” y que “la muerte es un matiz de la existencia” -como dice Lisímaco Chavarría. He aprendido a ver a Dios en las cosas, a sentirlo en la poesía del viento, del mar o el ave. Sé que la paz emana del perdón y que sólo muriendo se nace a la vida verdadera. Que la Felicidad existe y se alcanza con la constancia. Qué el diablo siempre intentará engañar al hombre, bajo la figura del reptil o del miserable politiquero. Pero siempre existirá el amor que permite la redención. Sé que existen muchas muertes en la vida y que la mayoría de los males y dolores son causados por las manos visibles del ser humano. Comprendo que todas esas manos ocultas y secretas de la Vida son las manos de Dios que nos moldean y afinan para la Eternidad… ¡Muchas gracias!

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