(Relato)
Hermida Zamora Carvajal
- ¡Padrino, existe el diablo! ¡A mí, nadie me diga que no existe porque yo lo conozco, apenas es que no me llevó!
- ¿Cómo es eso? Pregunta el padrino.
- Esto que le cuento nadie lo sabe, yo en casa nunca lo he contado.
-¡Mire! – prosiguió- yo siempre fui la oveja negra de la familia, no hacía caso a mi papá y decía barbaridades. Una vez tenían un ternero enfermo que lo habían traído para curarlo en la casa; pasado el medio día iban llegando todos del trabajo, menos yo, el haragán que no había ido a trabajar. Después de almuerzo me dice mi papá:
- Mire, este ternero amaneció mejor. Vaya y lo lleva al potrero.
El muchacho no le contestó nada, pero como a las dos de la tarde llegó a tomar café, entonces el padre le preguntó:
- ¿Ya llevó el ternero?
No le contestó, pero meneó la cabeza en señal negativa.
- ¡Bueno, ahora me lo lleva! Ordenó.
A la hora de la comida todavía estaba el ternero allí.
- ¡Mire, le va a coger la noche y usted tiene que llevarme este ternero al potrero! Le dijo con enojo el papá.
No le contestó nada y al oscurecer, después de comer, empezó a arreglarse para ir a dar una vuelta al centro, como era la costumbre. Se disponía a ponerse una camisa limpia, cuando le dice el padre:
- ¡No me sale de aquí mientras no me lleve ese animal al potrero!
¡Le dio tanta cólera! Pero como estaban todos los hermanos, que a veces lo agarraban para que el papá le diera una leñateada por malcriado, no contestó nada, sino que se rasgó la camisa y le arrancó los botones, tiró por allá el pantalón y escapó de la vigilancia de sus hermanos.
Empezó a gritar barbaridades y agarró a leño al pobre ternero. ¡No sabe como no lo mató! Se puso en camino hacia el potrero. El terreno adonde tenía que llevarlo quedaba por el camino de Los Ángeles de San Ramón; era un pedazo grande sembrado de café, con un callejón en medio y del otro lado sembrado de verduras.
Las cercas eran de piñuelas muy grandes, las dejaban crecer a lo que quisieran para que el ganado no se saliera. Cuando llegó al fondo del callejón, al segundo portón, que era el del potrero, ya estaba oscuro y al soltar el ternero, oyó detrás de él unos alaridos. Volvió a ver y miró a una mona grandísima que brincaba y brincaba, hacía gestos con las manos y pegaba unos chillidos terribles. Estaba en la cerca, encima de los macollones de piñuela.

Al llegar, su mamá estaba todavía en la cocina, pasó sin decir nada y se metió en el cuarto, se puso a reflexionar y pensó:
- ¡Eso es el diablo! ¡Apenas es que no me llevó! Por primera vez se hincó y le pidió perdón a Dios, prometiendo que su vida iba a cambiar. Estuvo rezando mucho rato, su mamá le preguntó si iba a ir al centro, y por primera vez respondió de buena manera:
- No.
Entonces ella le ofreció de cenar un chocolate con unos gallitos como se acostumbraba antes. Cenó y regresó a su cuarto, durmió con la luz encendida y bien tapado, sentía miedo de ver de nuevo a la gran mona brincando.
Al amanecer del otro día, un hermano tenía que ir a traer las vacas y él pensó que lo iba a acusar por haber dejado los portones abiertos. Cuando regresó no dijo nada, nunca supo si fue que se le olvidó o que no se fijó. Al rato, ya más tranquilo vio a su papá poniéndose el cuchillo, el sombrero y cogiendo un saco de gangoche; se le acercó y con buen modo le preguntó:
- ¿Para dónde va, papá?
El papá se quedó mirándolo sorprendido y le respondió:
- Voy al pedacillo, porque la última vez que fui dejé un racimo de bananos tapado con hojas y ya debe estar madurando, además tengo que darle la medicina al ternero, ya está muy bueno, pero creo que le falta un poco más.
- ¿Voy con usted? -preguntó.
- ¡Claro! Respondió el papá sin terminar de salir del asombro. Lo que él quería era ver las piñuelas, porque creía que estaban todas aplastadas, pero todo estaba igual. Buscó la mona por todos lados, pero ni rastro de ella.
Durante varios días preguntó a los vecinos y lugareños si habían visto una mona y todos respondían lo mismo:
- ¡Aquí no hay monos, solo en Guanacaste!
A partir de ese momento cambié de vida completamente, rezaba todos los días, iba a trabajar con mis hermanos, no volví a irrespetar a mis padres, pero nunca le conté a nadie, hasta el día de hoy, lo que me había sucedido.





