Domingo Ramos A.
Pues aquel día sin fecha en aquel tiempo sin tiempo, Dios había, como todo padre moderno, dejado irse a los hijos a descubrir el nuevo mundo. ¿Qué cosas les esperarían en aquel terrón innominado, en donde todo humeaba de puro recién hecho, el cual empezaba a dar sus primeros giros de despegue, tratando de no descarrilarse, a tientas, sobre una órbita todavía no trazada?
¿Qué harían aquel montón de animales, de tan variadas especies como habían sido hechas, en aquellos parajes oscuros hasta donde, las luces de las estrellas recién creadas, no había llegado aún? ¿Cómo irían evolucionando al lado de los seres humanos y amenazados por aquel reptil fastidioso que, como queda dicho , fue el primero en cambiar piel para pasar inadvertido entre las bestias y vivir a expensa de ellas?
Mil ideas cruzaban por la mente de Dios mientras miraba las manos con las que había creado las primeras esculturas vivientes de la historia: Adán y Eva que, como las golondrinas, abandonaban su nido con las primeras brisas de la primavera. Bajo el árbol del bien y del mal yacía el fruto codiciado por inconciencia del ser humano… Ya no tenía razón de estar ahí, Dios lo tomó en su mano y lo lanzó girando al infinito... Pero como todo lo que toca Dios adquiere nueva vida, la manzana mordida se convirtió en mágica luna que al girar, unas veces muestra la pulpa luminosa y blanca mordida por Adán, otras la parte púrpura de las lunas nuevas. Desde entonces, ella acompaña a los seres vivos recordándoles la finitud y efimeridad, pero indicándoles el principio renovador de la reproducción y perpetuidad.
Adán y Eva, seguidos por los muchos animales del paraíso, caían vertiginosamente atraídos por esa fuerza que muchos siglos después Einstein llamaría: gravedad. Asustados, miraban como la espada del ángel de fuego les daba alcance. Eva, con su barriga cada vez más redonda y palpitante, no podía seguirle los pasos a Adán que corría adelante como si quisiera deshacerse de ella o disfrutara el hedonismo de sentir como la primera dama del paraíso, corría tras él... Pero la conciencia, en un arrebato de inconsciencia, lo hacía volver atrás. El ángel del fuego seguramente volvería a chamuscarles el trasero- pensaba Adán - mientras a Eva ya no le preocupaba el castigo pues sentía dentro de sí latir la vida nueva, que era, sin duda alguna, su propia redención.
Una enorme cueva, negra como la avaricia de los colonialistas, les ofreció refugio. El ángel se acercó despacio y cuando tocó la temblorosa mujer, tuvo lugar el primer alumbramiento del nuevo mundo. Adán miraba ahora el milagro de la vida y de aquel saco púrpura como la piel de la manzana, aparecieron los primeros hombres de la historia nacidos de mujer alguna. Era un parto cuádruplo, pues en las tierras fértiles germinan más semillas de las que se plantan. El fuego de la espada del ángel que quema hacia arriba, como es de todos sabido- a excepción de los gringos que muchos años inventaron que las llamas pueden quemar hacia abajo y destruir dos torres monumentales- empezó a calentar el recinto, derritiendo la roca que servía de techo… Así habrían de originarse los volcanes que vomitan fuego por la boca, como los dragones chinos lo hacen con el dinero.
Aquella gruta tenía entonces la luz magnífica de un doble alumbramiento, el del fuego divino del ángel y el de Eva. Un poco de hollín cayó desde lo alto de la gruta sobre uno de aquellos niños y su piel sedienta de sensaciones, como página nueva, absorbió ese color oscuro para siempre. Otro se calentó tanto que su piel enrojeció como talla de caoba. Otro se amarilleó un poco con una ráfaga de humo y sólo el último en desprenderse de aquel terciopelo rojo, conservó la palidez de la manzana.
Para entonces el nuevo mundo había empezado a girar sobre si mismo y miles de estrellas tachonaban el hábito nocturno de la eternidad. Una estrella enorme parecía amarrar concéntrica y magnéticamente el globo azul, en donde rápido crecieron hierbas, árboles, ríos, lagos, aves de hermoso plumaje y luminoso canto. Se reprodujo la vida... Adán hincó su rodilla otras veces y los nuevos partos de Eva alternaron camadas de machos y hembras.
Pasado el tiempo, los primeros hijos ya crecidos, sintieron el llamado de la luna para la ambrosia del amor y se marcharon, hablando lenguas diferentes y seguidos de una mujer, en direcciones opuestas, marcando así los puntos cardinales, que más tarde resguardarían, como un regalo divino, los arcángeles Rafael, Uriel, Miguel y Gabriel, el mensajero que anunció, siglos después, la venida del primer Mesías.
Adán y Eva entendieron que la presencia y custodia del ángel del fuego, simbolizaba el perdón del Padre Eterno y, después de que sus hijos se marcharon a rodar mundo, la soledad les aconsejaba volver a su perdido paraíso y supieron entonces que, para ver a Dios, hay que morirse. Mientras, los antagonismos también nacieron; cada especie viva tuvo su depredador. Las nuevas serpientes que, como queda dicho en la primera parte, merced al constante cambio de pieles, evolucionaron rápidamente, perfeccionaron sus venenos y el arte del engaño, derivando en los diplomáticos, presidentes, monarcas, diputados, cancilleres, diputados, alcaldes y tiranos que gobernarían el mundo... Muchos mutaron en serpientes emplumadas como la de los mayas. Otros perfeccionaron el histrionismo y lograron premios Nóbeles... Algunos se convirtieron en dragones y de mil maneras, lograron someter al resto de pobladores de aquel mundo flotante. Lo que no pudieron nunca cambiar, fue su vital asociación con las ratas y, como constrictoras que son las más grandes, fue su estilo mortífero de envenenar y asfixiar a sus víctimas y su vieja costumbre de arrastrarse... Pero no todo está perdido mientras el ojo de Dios no olvide a sus hijos ...Nueve Mesías enviará el Señor antes de que la luz blanca invada el mundo de los mortales y los elegidos sean parte de la más pura energía divina. ¡Muchas gracias!





